Joaquín Samayoa/ Columnista de LA PRENSA GRÁFICA Los pueblos pueden darse el lujo de no tomar muy en serio a los candidatos que tienen pocas posibilidades de ser elegidos, pero no deben ignorar a los que cuentan con suficientes respaldos y simpatías como para ganar una elección presidencial. Es demasiado lo que está en juego como para tratarlo como si fuera un partido de fútbol o cualquier otra competencia que nos despierta pasiones pero es absolutamente irrelevante en nuestras vidas.
En la democracia se respeta la voluntad de la mayoría, precisamente porque es prácticamente imposible lograr consenso en las apreciaciones sobre la idoneidad de los candidatos o sobre la relevancia y viabilidad de sus planes de gobierno. Cada ciudadano vota a su manera. Unos lo hacen por mera afinidad ideológica, otros por intuición, otros por temor o simpatía. Pero el candidato que recibe más votos no siempre es el más apto, el más honesto o el que tiene mejores ideas. De eso hay abundantes pruebas, algunas de ellas en nuestro propio país.
Desde la perspectiva de los aspirantes a cargos de elección popular, lo más importante es obtener votos. Poco importa si son votos reflexivos o impulsivos, si reflejan esperanza o frustración, si resultan del conocimiento o del engaño. Pero la perspectiva ciudadana debiera ser diferente, porque independientemente de los intereses y de las voluntades individuales, a todos nos toca asumir las consecuencias de la decisión mayoritaria.
Es enteramente comprensible e inevitable que cada candidato cuente con su pequeño ejército de entusiastas que se entregan en cuerpo y alma a conseguir la victoria electoral. En toda elección y en todos los bandos hay gente convencida de la bondad absoluta o, al menos, de la superioridad relativa de su candidato. En esas mentes y en esos corazones no hay espacio para la duda y, consiguientemente, tampoco para la reflexión.
Pero también hay gente que intenta analizar las cosas desapasionadamente. El problema es que mucho lo hacen teniendo en cuenta solo unos pocos elementos de juicio y corren el peligro de sacar conclusiones equivocadas. Lamentablemente, en nuestro país no hay organizaciones cívicas que, sin agendas ocultas, se dediquen a informar y orientar a los ciudadanos para que ejerzan el sufragio de manera responsable, con pleno conocimiento de las diversas opciones. Los formadores de opinión tampoco hacemos muy bien esa parte de nuestro trabajo. Algunos ni siquiera lo intentan.
El fenómeno que en estos tiempos conocemos como polarización no es nuevo. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, un grupo de cientistas sociales de la escuela de Frankfurt realizó un importante estudio para buscar explicaciones, más allá de lo obvio, al comportamiento de masas que hizo posible la consolidación del nefasto imperio hitleriano. La existencia de Hitler no podía considerarse como una curiosidad científica, pero sí lo era el comportamiento de grandes cantidades de personas que abrazaron sin reservas su liderazgo y estuvieron dispuestos a degradar su humanidad ejecutando el genocidio del pueblo judío.
Sin llegar a tales extremos, ese tipo de comportamientos se ha seguido observando en el seguimiento de ciertos liderazgos políticos particularmente carismáticos. Sus raíces psicológicas derivan de la introyección o apropiación inconsciente que hacen las personas del autoritarismo bajo el cual han vivido.
Los autores del referido estudio acuñaron el término “personalidad autoritaria” para referirse a una configuración psicológica que se caracteriza, entre otras notas, por la rigidez de pensamiento y la intolerancia a cualquier tipo de sentimientos ambivalentes. Solo pueden pensar y sentir en negro o en blanco. La negrura y la blancura son absolutas e inmutables. La más mínima consideración de matices o nociones complejas resulta amenazante para el andamiaje que sostiene su precaria estabilidad emocional o su débil argumento político.
Las mentes prisioneras del autoritarismo no conciben que uno pueda reconocer las cualidades de Mauricio Funes y a la vez tener dudas o anticipar peligros en un eventual gobierno del FMLN; o que una persona de derecha haga críticas a ARENA y no se sienta a gusto con su candidato. No les cabe que un simpatizante del FMLN pueda reconocerle logros a un gobierno de ARENA o viceversa. Cualquier duda o concesión le hace el juego al enemigo.
Con esas actitudes, los ciudadanos facilitan el estancamiento y hasta la involución de los partidos políticos y de sus dirigentes. Les firmamos cheques en blanco, no les exigimos, no los obligamos a hacerse merecedores de nuestro respaldo. Les aplaudimos a unos cualquier estupidez y les censuramos a otros las más lúcidas ideas. Y al final, gane quien gane, todos salimos perjudicados.
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