Publicado en LPG 21 de Mayo 2008 Salvador Samayoa
A pocos meses de unas elecciones en las que se juega directa o indirectamente todo el poder del Estado, la derecha salvadoreña se siente desmoralizada. Con el paso del tiempo, se está haciendo más real la posibilidad de una catastrófica derrota electoral. El FMLN, expresión actual de una eterna amenaza a sus valores y a sus privilegios, podría llegar para quedarse, dominar también el poder legislativo y hacer un gobierno irreversiblemente desastroso para el país.
Los dirigentes de ARENA, por supuesto, no reconocen temor ni problema. Argumentan que el partido está más unido que nunca; que ya en otras ocasiones han estado diez puntos abajo en las encuestas, que ni siquiera ha empezado todavía la campaña y que tarde o temprano entrará en razón la gente que se está dejando deslumbrar por la blancura de las guayaberas de Mauricio Funes. En pocas palabras, como diría el célebre Chapulín Colorado, “que no panda el cúnico”.
Pero las tendencias que se observan en las encuestas apuntan a conclusiones muy diferentes. También son diferentes las valoraciones que expresa la gente de todos los estratos sociales. Los simpatizantes de ARENA están preocupados y desmoralizados. Han perdido la confianza en la dirigencia de su partido; la ven cada vez más claramente como parte del problema y no como la garantía de solución que siempre había sido.
Hace poco menos de cinco años, el panorama era muy diferente. El triunfo arrollador que obtuvo Tony Saca sobre el candidato de la extrema izquierda auguraba una fase de consolidación y expansión del principal partido de derecha. ARENA se perfilaba como un PRI salvadoreño, con larga vida por delante, gracias a su propia capacidad de reconversión y a los errores monumentales de la dirigencia del FMLN.
Ahora ha dado vuelta la tortilla y se han intercambiado los roles. El FMLN se adapta y ARENA se aferra al pasado. Son varios los factores que explican este giro tan crucial y, en aquellos días, tan imprevisible.
Por el lado del FMLN, la derrota de 2004, la muerte súbita de su principal líder y los sucesos del 5 de julio de 2006 forzaron un debate interno que ha dejado casi intactos sus principios ideológicos pero ha provocado importantes cambios en su estrategia electoral y en la dosificación de las acciones conducentes al logro de sus ideales socialistas.
El FMLN parece haber entendido que un solo período al frente del gobierno no da para mucho y si, de todas formas no podrían llegar muy lejos en cinco años, no hay razón para seguir asustando a los votantes con ideas muy radicales.
En otras palabras, el FMLN mantiene su rumbo pero decide atenuar su machismo izquierdista. Las ideas que hace solo cinco años les habían merecido a otros el mote de traidores, empezaron a parecer convenientes y han sido incorporadas al discurso partidario. Igualmente aceptable resultó la opción de seleccionar a un candidato externo al partido. No más vandalismo callejero. Aparente tolerancia a los demonios de antaño, llámense dólar o TLC o economía de libre mercado.
Mientras esta transfiguración ocurría al otro lado de la barda ideológica, ARENA dormía plácidamente sobre sus laureles. El sector empresarial dejó los asuntos políticos en manos del partido y perdió toda capacidad de incidencia. El líder del partido terminó endiosándose, mal aconsejado por colaboradores mediocres y ambiciosos. Hizo todo lo que estaba en su poder, que no era poco, para impedir el surgimiento de los nuevos liderazgos que el país y su partido necesitaban. Y logró salirse con la suya, maltratando en el camino a importantes aliados.
Al presidente Saca nadie puede disputarle su dedicación al trabajo, ni su astucia política, ni las cualidades por las que lo estiman quienes lo conocen. Si se ha deteriorado su imagen pública y se ha acrecentado el rechazo del pueblo a su partido no es porque la gente desconozca lo que ha hecho en cuatro años de gobierno, sino por lo que ha dejado de hacer y por lo que ha hecho mal.
Por varias razones y circunstancias, la única posibilidad de triunfo que ARENA tenía (y talvez todavía tenga) descansa sobre su capacidad de reconocer errores y ofrecer cambios impactantes en áreas críticas de la realidad económica y social.
Pero una oferta de esa naturaleza simplemente no es creíble a no ser que se aparten de la escena el presidente Saca y sus más cercanos colaboradores. Mientras eso no ocurra, Rodrigo Ávila seguirá opacado, sin posibilidad de proyectarse persuasivamente ante el electorado.
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