The San Diego Union-Tribune Rubén Navarrette
San Diego, California. Muchos estadounidenses desprecian a los inmigrantes recientes, aun cuando recuerdan con nostalgia a sus propios antepasados inmigrantes. Algunos superan esa contradicción sosteniendo que los inmigrantes recientes, la mayoría de los cuales vienen de Asia y Latinoamérica, no están a la altura de las olas migratorias anteriores que vinieron, en su mayor parte, de países europeos y hasta suponen que la camada actual se niega a asimilarse.
En un estudio realizado por Jacob Vigdor, profesor de Duke University para el primer Índice de Asimilación de Inmigrantes, se miden tres tipos de asimilación: económica (empleo, educación, propiedad de la vivienda), cultural (matrimonio con otras etnias, pericia en el inglés, tamaño de la familia) y cívica (tasas de ciudadanía, servicio militar, voto).
Se midió la asimilación comparada con los que llegaron a principios del siglo XX. Los provenientes de Vietnam, Cuba y las Filipinas tienen tasas altas de asimilación en todas las categorías. Pero los de la India y Canadá tienen una de las menores tasas de asimilación cívica, ya que muchos de ellos no se naturalizan.
El estudio no distinguió entre inmigrantes legales e ilegales, porque en las actividades censales no se pregunta la categoría legal de los censados.
El estudio reveló que los inmigrantes del cuarto de siglo pasado se han asimilado con mayor rapidez que sus homólogos de hace un siglo, aun cuando son más diferentes de la población autóctona en el momento de la llegada. Llegan con más millas por recorrer con respecto a su adaptación a la sociedad dominante, y aun cuando lleguen a ella en tiempo récord. Y la capacidad de Estados Unidos de integrar inmigrantes nuevos es, según el estudio, tan poderosa como siempre.
La población que tiene la tasa de asimilación menor es la de los mexicanos. Aunque sus tasas de asimilación cultural son relativamente normales —y tienen más probabilidades de estar culturalmente asimilados que los inmigrantes de China y la India— los mexicanos tienen también tasas bajas de asimilación cívica y económica.
Una de las cosas que impide que los mexicanos se asimilen es que —por ser principalmente inmigrantes económicos de un país que linda con los Estados Unidos— muchos esperan volver a su país de origen en algún momento, y por lo tanto, sienten menos presión para asimilarse. Eso es perjudicial tanto para el inmigrante como para Estados Unidos.
Cree Jacob Vigdor, autor del estudio al que me estoy refiriendo, que así se está “creando un grupo permanente de lo que podría llamárseles ciudadanos de segunda clase, pero el término ‘ciudadano' ni siquiera es apropiado”. Agrega: “Cumplen un papel esencial en la economía. Pero no tienen los derechos plenos de los ciudadanos, ni siquiera de los residentes permanentes. Están en las sombras del mercado laboral. Son una población muy vulnerable”.
En honor a la verdad, muchos mexicanos esperan que su estadía en Estados Unidos sea temporal y por tanto, no tienen prisa en renunciar a México. Pero tarde o temprano, aceptan esa realidad. En años futuros, se encontrarán a sí mismos como propietarios de viviendas, pagando impuestos e integrados a la cultura, con hijos que trabajan en oficinas y nietos que van a la universidad. Aunque sus planes fueran diferentes, se habrán asimilado y vivido el sueño americano. Y todos nosotros nos habremos beneficiado.
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