Mi propuesta de país
Luis Mario Rodríguez R.*
Amo El Salvador. Creo sin duda alguna en su gente, en los jóvenes, los profesionales, las mujeres y hombres trabajadores, empresarios, profesores, intelectuales, pequeños agriculturores. Creo en los adultos mayores y en el agradecimiento y la deuda que tenemos con ellos pues han pavimentado el camino para que otros transitemos con menos dificultades de las que ellos tuvieron. Admiro la templanza de las familias en el campo, de su empeño por sacar adelante a su familia, de su conformismo ante las enormes carencias que aún tienen y de su voluntad por trabajar de sol a sol para forjar un mejor futuro a sus hijos. Comprendo la frustración de la clase media que quiere para sus hijos la mejor educación, vivienda digna, salud de calidad, esparcimiento, seguridad ciudadana y sobre todo, mucha esperanza sobre su futuro; no hay nada peor que la incertidumbre, el desempleo, la falta de seguridad social o de un salario digno. Aún así, me complace que los profesionales y los pequeños empresarios crean como yo en nuestro país; le apuestan con firmeza y aunque resienten la falta de apoyo del Estado en alguna áreas y la falta de solidaridad de algunas grandes empresas que les ponen obstáculos para su desarrollo, confían en que el sistema sabrá reconocer sus errores y transformarse desde el sistema mismo.
No concibo la libertad como aquel concepto que repetimos pero no sabemos lo que realmente significa. La libertad que nos enseñaron nuestros padres a mi hermano y a mí, es aquella que nos permite obtener un trabajo, capacitarnos, recibir incentivos de parte de las empresas, educarnos con calidad, alimentarnos bien para estudiar y aprender con fuerza en la escuela, casarnos y formar una familia, practicar la libertad de culto aunque teniendo a Dios como el centro de todas nuestras acciones, constituir una empresa, competir sin restricciones en el mercado, defender nuestros derechos como consumidores, reclamar la falta de oportunidades, erradicar la pobreza y la extrema pobreza, insertarnos en la globalización pero con visión social, perfeccionarnos en lo político revisando y fortaleciendo nuestras Instituciones. En fin, libertad para creer que podemos ser personas con dignidad, con fe, ilusión y ganas de vivir el día a día junto a nuestros hijos y seres queridos.
Creo en el trabajo y en la generación de empleos como las dos caras de una moneda. No podemos pensar que tendremos una economía sólida si descuidamos a una de las dos bases de nuestro desarrollo. Empresarios y trabajadores son fundamentales en cualquier país que quiera dar el salto hacia el progreso total. Los primeros piden seguridad jurídica, certidumbre, confianza, un sistema político que les garantice estabilidad y que les invite a seguir invirtiendo en todos los rubros posibles que el sistema económico permita. Los segundos, los trabajadores, quieren empleo, necesitan sentirse partícipes de los éxitos de la empresa; ellos no pueden seguir siendo parientes pobres del progreso que sus patrones obtienen. Quieren capacitación, seguridad laboral para prevenir accidentes de trabajo, libertad para asociarse, pero con el propósito de ayudar al crecimiento de la empresa y no para detener su expansión y transformarse en enemigos de quien les está pagando un salario. Quieren prestaciones sociales, inclusive adicionales a las que la ley prescribe y por eso piden mayor responsabilidad social empresarial. En fin, trabajadores y empresarios necesitan conversar más, entender sus propias necesidades, compartir una única visión y lograr el bienestar y el progreso de cada uno de ellos y de los integrantes de su núcleo familiar.
Sé que el éxito de otros países se basa en el sano debate de las ideas y en la concertación y el diálogo. Con el debate los ciudadanos pueden comparar programas, ideas, visión de país. Detectan si se está mintiendo o si lo que se ofrece es pura estrategia electoral. Se conoce a los candidatos, se perciben sus sentimientos, su sinceridad, su conocimiento y dominio de los diversos temas. Si se debate con altura luego se puede concertar. Ningún país puede dar el salto de calidad, institucionalizar los social, reducir la brecha entre ricos y pobres, si sus políticos y los actores principales de la sociedad no logran consensos mínimos en educación, salud, vivienda, seguridad ciudadana y jubilación. Sólo concertando y abriendo espacios para que la gente se sienta partícipe del gobierno podemos como nación encontrar por fin, el rumbo del desarrollo social, político y económico.
Finalmente y como base de todo lo anterior, creo en las instituciones sólidas, fuertes, que fortalezcan la unidad familiar, la comunidad y la nación en general. No podemos progresar, generar empleo y erradicar la pobreza si nuestra institucionalidad es débil. Por esta razón, termino hoy un ciclo que inició hace cinco años, en el que hemos compartido semanalmente con nuestros amigos lectores mi idea de país. Lo vengo haciendo desde siempre y agradezco al Presidente de la República su defensa absoluta de la libertad de expresión, pues nunca ni siquiera en broma, me mostró desagrado alguno a mis propuestas y reflexiones. Gracias al periódico que me dio la oportunidad y gracias a Dios, que ahora me da una nueva oportunidad de servir a mi país desde la trinchera que EL decida que sea.