Por: Juan Héctor Vidal 3-Marzo-2008
La democracia tiene muchas virtudes, pero cuando se practica sólo en apariencia y con segundas intenciones —así sea en un ámbito restringido—, puede convertirse en el vehículo que conduce al desastre colectivo. ARENA ha pretendido a hacer gala de lo más esencial del sistema —la participación— para la designación de su candidato a la presidencia; sin embargo, solo ha conseguido llegar al punto del no retorno. Los conductores del proceso parece que nunca entendieron que lo que estaba en juego no eran sus intereses particulares, ni siquiera los de su partido, sino el futuro del país.
La opinión del ciudadano promedio sobre la trasparencia del proceso comenzó a perfilarse con matices de duda, desde el momento en que la persona que supuestamente había sido “ungida” anticipadamente tuvo que desistir de sus pretensiones de sobra conocidas, sólo por la presión de miembros prominentes del partido. Pero el proceso siguió por el mismo cauce con la salida prematura de Hugo Barrera y después con la de Pancho Laínez, a quien las encuestas lo situaban entre los favoritos para aspirar a la primera magistratura.
Aún más, las primeras dudas sobre quién sería en la práctica el que tomaría la decisión acerca del predestinado —si las bases o algunos miembros del COENA, incluyendo al propio presidente Saca— se han convertido, conforme al desarrollo de los acontecimientos, en un verdadero desafío para la inteligencia de los salvadoreños. Estos no terminan de entender cómo es que el partido gobernante, teniendo sin duda el más grande reto desde la Administración Cristiani, se comporta al estilo de las dictaduras de antaño.
El pragmatismo con que ha actuado el FMLN, más allá de las críticas que se le hacen por no practicar la democracia interna para seleccionar a su propio candidato, tiene en opinión de muchos la ventaja de que refleja la firme determinación de acceder a la presidencia de la república, como no lo había hecho antes. Habría aprendido así la lección de 2004, cuando acudiendo a primarias, se inclinó, según se supo en su momento, por su líder histórico, descartando a quien supuestamente había salido triunfador por decisión de sus bases.
Algo similar podría ocurrirle a ARENA en esta oportunidad. Descartar a dos aspirantes a quienes propios y extraños incluían entre los más idóneos, al menos para integrar la terna —bajo argumentos a todas luces cuestionables— no solo ha contribuido a fortalecer, sino a confirmar, la presunción inicial de que los dados estaban cargados desde el principio, lo que al menos en nuestro caso no significa pasar juicios de valor sobre las credenciales de los tres finalistas.
Lo peor dentro de todo este espectáculo es la creencia también extendida de que detrás de las decisiones previas del COENA está el propósito deliberado de que el designado, en el caso de que resulte electo, le imprima a su gestión el sello del continuismo, para decir lo menos.
Así las cosas, seguramente al elector le tiene sin cuidado que el FMLN haya designado a dedo a su propio candidato y que ARENA lo descalifique por ello. Después de todo, esa es la forma más natural para los autoritarios de practicar la democracia —su amigo Fidel dio una muestra palpable de ella al designar a su hermano como su sucesor— aunque personalmente no creemos que Mauricio encaje en esa especie.
El procedimiento que siguió el Frente para designar a su candidato puede incluso resultar para algunos más potable que el practicado por el partido gobernante para seleccionar al suyo, aunque al final resulten en lo mismo.
La diferencia estaría en que el Frente lo hizo a plena luz del día, sin maquillar el proceso con tintes democráticos. Esto puede dar paso a un verdadero suicidio político de connotaciones impredecibles. Ojalá nos equivoquemos.
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